
La película se llamaba Nunca te vayas sin decir te quiero.
Me hacía pensar, mucho, en la capacidad que tuvimos todos, cuando éramos niños, para expresar nuestro cariño sin problema.
Me daba tristeza darme cuenta que, conforme crecemos, vamos dejando de lado esa transparencia de la infancia, de no quedarte nunca sin decir lo que sientes y poco a poco aprendemos a callar algo tan importante, que podría cambiar tanto las cosas. Mejorarlas.
No sé por qué nos dejamos llevar más por la vergüenza, el orgullo, o el miedo y cambiamos la capacidad de decir, por la de callar.
Me hacía pensar, mucho, en la capacidad que tuvimos todos, cuando éramos niños, para expresar nuestro cariño sin problema.
Me daba tristeza darme cuenta que, conforme crecemos, vamos dejando de lado esa transparencia de la infancia, de no quedarte nunca sin decir lo que sientes y poco a poco aprendemos a callar algo tan importante, que podría cambiar tanto las cosas. Mejorarlas.
No sé por qué nos dejamos llevar más por la vergüenza, el orgullo, o el miedo y cambiamos la capacidad de decir, por la de callar.
A veces, volviendo a ver la película, le cambiaba el título. Pero, ya habiendo cruzado la barrera de la infancia, dejándome llevar por la vergüenza, me lo guardaba.
La película se llamaba No te vayas nunca, quédate, te quiero.

